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jueves, 3 de septiembre de 2009

OBESIDAD Y CÁNCER

jueves, 3 de septiembre de 2009

Hay una asociación directa entre peso corporal y el riesgo de desarrollar ciertos tipos de cáncer (de mama, de colon y recto, y del revestimiento interno del útero - llamado endometrio-, entre otros).
La obesidad se acompaña de una serie de cambios en el organismo, principalmente, señales químicas circulantes por la sangre (hormonas y otras sustancias, llamadas "factores de crecimiento"), que favorecerían el desarrollo de tumores.
La obesidad podría ser un "marcador" de la exposición a sustancias carcinogénicas en la dieta, ligadas al consumo de grasa, y en especial, de grasa de origen animal.
Siendo las grasas el "vehículo" que permite absorber otras sustancias grasas en el tubo digestivo, el consumo de una dieta rica en aquéllas favorecería la incorporación de carcinógenos presentes en la dieta. La mayoría de los carcinógenos se vehiculiza bien en la grasa.
La ingestión de grasas aumenta la secreción de sales biliares, y éstas podrían jugar un rol en la transformación maligna del tubo digestivo.
En el tejido graso se producen reacciones bioquímicas que activan sustancias promotoras de cáncer. Este punto es absolutamente cierto para la conversión entre hormonas sexuales, que tiene lugar en la grasa corporal - entre otros tejidos. Actualmente, el tratamiento hormonal del cáncer de mama incorpora medicamentos orales, bien tolerados, que bloquean algunas de estas reacciones.
Para el caso del cáncer de mama y del endometrio, es frecuente que las mujeres obesas tengan niveles de hormona femenina (estrógeno - particularmente, estradiol) más elevados en la sangre que las no-obesas, y se sabe que esta hormona juega un rol importante en promover el desarrollo de estos tumores.
En mujeres obesas con cáncer de mama se ha hallado niveles elevados de IGF-1, un "factor de crecimiento" emparentado con la insulina. Este factor es capaz de favorecer el desarrollo tumoral, por lo menos, el de células de cáncer de mama. En realidad, tanto la insulina como el IGF-1 son segregados a la sangre en respuesta a la ingestión de alimentos ricos en grasas y carbohidratos.
El ejercicio físico regular, de moderada intensidad, disminuye el riesgo de cáncer de mama. No hay ningún inconveniente en recomendar un programa de ejercicio moderado, supervisado, a mujeres que buscan mantener una buena salud.
Precisamente, un nivel moderado de ejercicio ofrece beneficios para el esqueleto (previene la osteoporosis), el aparato circulatorio (disminuye el riesgo de infarto o ataque cardíaco), y ofrece una disminución en el riesgo de cáncer de mama. Es importante no tomar este comentario fuera de proporción, ya que hay riesgos: el ejercicio muy intenso tiene mayor probabilidad de causar daño en rodillas y tobillos, y en casos extremos (por ej, atletas profesionales) puede causar irregularidades en el ciclo menstrual. Además, se requiere una evaluación médica para saber qué nivel de ejercicio es seguro para cada persona. Muchas personas pueden caminar ágilmente sin mayores inconvenientes, e incluir este ejercicio en su rutina diaria.

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